Artículos

El tatuaje de Carlitos

 

Imagino que a estas alturas de la película – aunque todo es más real que la canícula en la que estamos atrapados- todo el mundo tiene claro cómo se “fabrica” un político que pretenda vivir de/a costa de eso. Al menos en los grandes e influyentes partidos. El chico o chica debe enrolarse en las bases del partido, para “aprender” desde abajo. En cuanto comience a destacar un pelo, al margen de buscarse “padrino” – que nadie haga juegos de palabras-, deberá estudiar, sí o sí, derecho y si es posible económicas. Si a lo largo de este proceso, y gracias a sus demostradas dotes políticas – padrino-  a pesar de su juventud, aparece ya en alguna lista electoral o logra cargos de relevancia en el partido, de manera automática se le inscribe en uno o varios master, por supuesto  en un centro de prestigio. ¡Ah!, lo olvidaba, y si el centro es afín o mantiene buenos lazos con el partido en cuestión, tanto mejor. Que la joven promesa no tiene tiempo de acudir a clase, no importa. No hace falta. Llegado el momento, y a la vista está – o al menos lo ha estado hasta ahora – todo se arreglará, y sus brillantes titulaciones expres aparecerán en ese brillante currículo que por lo que se ve hay que tener para ser alguien en política.

Que digo yo que este mismo proceso se podría aplicar a otras profesiones o ambiciones personales. Mi vecino Carlos, que tiene una imaginación cervantesca y más arte que la capilla Sixtina, tiene un niño, Carlitos, que juega al fútbol, según él, como las grandes figuras. Solo hay un pequeño matiz, y es que Carlitos tiene cinco años. Pero así se empieza, desde muy pequeño. De momento ya está inscrito en una escuela de fútbol de nivel, en la que trabaja como monitor su cuñado Pedro –padrino-. El niño tiene la carrera encauzada, y como han descubierto que le pega a la pelota de sueño, con las dos piernas, de premio ya le han hecho su primer tatuaje en el brazo derecho- para ir creando currículo- . Como mola. Y tiene pedida cita en el tatoo para la semana próxima. Si pasa de nivel le tatuaran sus iniciales en el cuello, como las grandes estrellas. Aquí hay futuro. A cadete llegará con los dos brazos como Sergio Ramos. 

Ese Carlitos, ¡oe! Pedazo de pelotero.

 Jl Pinto

Plaza de la Merced: la añoranza de Picasso

Una plaza es generalmente un lugar común en cualquier ciudad, en cualquier pueblo. Un espacio de esparcimiento, de ocio, hasta de contemplación.

Málaga cuenta con una de esas plazas atemporales, oníricas y, en otro tiempo, casi simétrica. Es la plaza de la Merced. Un lugar idóneo para sentarse a observar la gente que pasea, imaginando a aquellos otros que la contemplaron en otros tiempos como seres etéreos que nunca abandonaron aquel singular espacio.

Risas, carreras, alboroto y bisbiseos de enamorados entre susurros y apretones de anhelantes manos. Los mismos árboles, los mismos gastados bancos…las mismas revoltosas y alegres palomas. Y allí está él, como guardián omnipresente de todo lo que se mueve ahora y  en todos los tiempos: Pablo Picasso. Sentado delante de su casa, erguido, inalterable al paso del tiempo. Se pueden oír las voces de su madre llamando al niño. Es la hora de comer. Pablo, ensimismado, como ausente, no oye la llamada que se pierde entre el murmullo de las hojas y el aleteo de las aves. Pablo imaginando trazos de colores que se desprenden del cielo que no es azul ,que es terrenal y que el imagina de mil tonalidades. Atrapándolos en su mente, devolviéndolos más tarde a un lienzo a través de su mágica paleta. En aquel tiempo y para todos los tiempos.

Los anónimos visitantes de hoy le rodean, o toman asiento junto a él, con la familiaridad del ser querido. Y toman fotos. Desean guardar un recuerdo de aquella plaza y de su añorante guardián.

Television HD

Me asomé a mi ventana y vi un paisaje sin color. La gente caminaba reflexiva y un tanto seria, cada uno encerrado en sus pensamientos.

Los jóvenes no eran tan jóvenes y ellos también caminan circunspectos, con un gesto dibujado impropio de su edad. El tráfico, ruidoso e intenso, no permitía disfrutar de la vida cotidiana de la calle. Los carteles luminosos apenas si reflejaban luz y las vallas publicitarias no tenían anuncios originales y alegres.

No se veían niños por ninguna parte, ni sus ruidosos monopatines. Los árboles situados justo debajo de mi ventana no albergan ni un triste nido del más común de los pájaros. Mi  mirada se confundía entre tanta desilusión.

Me di media vuelta y cerré la ventana. Me acerqué de nuevo a mi cómodo sofá y me deje caer, más que sentarme, y continué mirando la televisión. Después de unos minutos, abstraído, me concentro en las imágenes que emitía mi televisión de última generación, de alta definición por supuesto, de 56 pulgadas.

Tuve que tirar a un contenedor una vieja estantería repleta de otros tantos viejos libros. No había espacio para ambas cosas. Ganó la televisión. Donde va a parar. 

Ahí estaba la gente, sonriente y feliz,  atravesando una calle llena de coches de increíbles colores.  Unos niños sorteaban todo tipo de obstáculos y daban saltos con sus monopatines mientras unas chicas reían felices mostrando unas dentaduras perfectas y níveas. Unos pájaros, en pequeñas bandadas revoloteaban a lo largo de la calle, haciendo cabriolas infinitas, sin rozar ni tan siquiera ninguno de los cientos de obstáculos que se les plantaban por delante en su alocado aletear. Dando un toque de naturaleza en el mismo centro de la ciudad. Colores preciosos que se salen de la pantalla. Sonrisas inagotables que transitan por el salón de mi casa. Vida luminosa en alta definición.

Pero todo es  mentira. Bajé con urgencia a la calle. Quizás tendría suerte y recuperaría al menos parte de los libros y de la estantería que tiré hacía unas horas. ¡Qué suerte! Allí estaban todos los libros. Ni uno faltaba. La estantería, curiosamente, sí había desaparecido.  Recogí todo como pude y dejé en la basura el flamante televisor. 

Nada más llegar a casa, llevado por los remordimientos, comencé a ojear uno por uno todos mis queridos libros. Era mi manera de pedirles perdón. 

Me asomé  a la ventana y dejándome caer de nuevo en el sillón no pude evitar dibujar una sonrisa en mis labios: en menos de diez minutos el televisor había desaparecido.

Continuaría su viaje y llenaría otro salón de coloridas mentiras.

 J.L. Pinto  

La soledad

El sonido del violín se cuela una vez más por la rendija de la ventana. Una música pausada, melancólica, bellísima, y a la vez inquietante. A ella le traen recuerdos de un pasado, que aunque pasado, lo tiene siempre presente, como si pudiese jugar con el tiempo a su antojo. Como juega el vecino del cuarto con cada nota que exprime de su viejo violín. 

En momentos como el de ahora no le importaría que se detuviese el mundo, la vida, su propio pulso y dejarse llevar solamente por la música que la va envolviendo hasta hacerla llorar, o sonreír, o incluso reír, según el momento. A veces abre la ventana y deja entrar el aire fresco y la luz de la mañana. Pero solo a veces. Casi siempre prefiera la tranquilidad y la penumbra que le transporta a su paraíso de libertad. Ella lo quiere así. Entonces pide por favor que la música no se detenga. Si lo hace podría morir, cómo si le faltase el oxígeno para respirar.

No, no está loca, sencillamente está…sola.

 

Jl Pinto

Siempre la plebe.

El título de este articulo bien podría ser el de una de esas series que Netflix nos presenta día sí y día también y que tanto éxito suelen tener, pero nada más lejos de eso. Uno, que entre crónica y crónica, se dedica a ratos a mirar, que no ver, la tele, acaba analizando cosas que en lo cotidiano se nos escapa. Y andaba sumido en una de esas visiones de telespectador crítico, cuando pasaron diversos reportajes de políticos, de aquí y de allá, en el que prevalecía un denominador común: un montón de personas, hombres, mujeres, y en muchos casos hasta jóvenes muy jóvenes, los aclamaban con pasión, como si de ellos dependiese su próxima bocanada de aire para seguir viviendo. Y se me ocurrió bajarle el volumen al aparato y centrarme solo en las personas. Por ejemplo, pusieron imágenes de Kim Jong-un, ya saben el señor coreano este que debe tener un peluquero de lo peor, saludando a una multitud que le aclamaba casi con lágrimas en los ojos y rozando el éxtasis. Acto seguido las imágenes correspondían al señor este de los Estados Unidos de América, el señor Trump, quién estaba dando un discurso y continuamente era interrumpido para aclamarle. La gente gritaba y agitaba miles de banderas. Imagino que era para recordarse al país al que pertenecen. Ahí me desconecté un poco del programa en cuestión por puro aburrimiento, pero cuando comencé a descubrir rostros más domésticos, más de nuestro país, me volví a “enganchar” al experimento.  Pero mi decepción fue mayúscula. Otra vez más de lo mismo. Se veía al señor este, presidente del gobierno, señor Sánchez, muy bien peinado, nada que ver con el coreano, que por la expresión de su rostro y su lenguaje corporal, decía unas acaloradas palabras. Y el discurso debía ser muy interesante porque la gente aplaudía a rabiar, para fracturarse las manos vamos. Un público entregado. Inmediatamente pasaban imágenes de este otro señor, Casado, que debía estar contando chistes o algo así porque la gente que le oía se tronchaba de la risa y no paraba de asentir una y mil veces. Que bien se lo pasaban con las cosas que debía estar diciendo. Hasta tuve la tentación de subir el volumen del aparato. Pero no, me reprimí para continuar con el experimento. Y así fueron saliendo otros muchos señores. Curioso, ahora que lo pienso eran hombres todos. Seguramente por pura casualidad. Y esas imágenes de aquella gente de aquí y allá vitoreando a aquellos señores de aquí de allá me traían a la memoria esas películas, de la Edad Media sobre todo, en la que el pueblo aclamaba sin cesar a los señores que , normalmente subidos en hermosos caballos, llegaban a cada aldea para repartir felicidad. Era la plebe. Y las cosas no han cambiado, solo que ahora los señores, en lugar de subirse a caballo se suben a escenarios y tarimas, y cambian los corceles por flamantes coches. Por lo demás, la plebe sigue actuando de la misma manera: vítores hasta quedar desgañitados a caballeros que les dan la vida.

La plebe, siempre la plebe.

Cristina de España

¡Ay Cristina!, parece mentira que en julio cumplas 54 años. Sí, 54 añazos. Cualquiera lo diría. Y, ¡que inocente! No sé si tú o nosotros. Me refiero a lo de inocente.

 He oído tus palabras de dimisión de esta mañana. He mirado tus ojos. Y me ha dado pena lo que he visto. Realmente, y lo digo de corazón, me pareces una política auténtica, fajadora, feminista –dentro de lo que los hombres hemos estamos empezando a aprender a tolerar como para aceptarlo sin que nos duela el orgullo-, rubia – no tonta- y con carácter para gobernar una comunidad tan complicada  – por culpa, entre otros, de los de tu propio partido – como es la madrileña.

Y ahí estabas esta mañana, rabiosa, fastidiada, humillada, pero sin romperte. Que narices. Si eres capaz de que te fabriquen un master y de que te saquen un muerto del armario – dichosa cinta con lo del hurto de las cremitas- y recomponerte, eres capaz de cualquier cosa. Ahí les duele a los tuyos. Ahí está lo peligroso del asunto.

No defiendo para nada lo que has hecho, lo que han hecho tantos y tantos “abusones de cargos” de este país, pero no puedo dejar de reconocer que tienes más bulto entre las piernas que el “soso” de tu presidente- menudo chollo el de don Mariano con tanta zancadilla dentro de tu partido- . Y aún y así, todavía tienes narices para decir que dimites para no permitir que la izquierda más extremista -¡que viene el lobo! – gobierne la comunidad que presidias.

Tiene narices lo tuyo, y perdona que me repita. No entiendo, ni conozco – ni mucho menos me interesa – conocer vuestras consignas internas, pero después de todo lo acaecido me huele más mal que regular tu postura y la de tu partido en todo este asunto.

Estaremos pendientes a ver a donde finaliza tu dimisión.A la espera estoy de ver el cadáver de algún enemigo pasar por la puerta de tu casa. Que es la mía, vamos, la nuestra, la de todos los españoles. Si no, al tiempo.

 

JL Pinto.

Romperse las manos

Hay personas que por desgracia nos son muy afortunadas cuando hacen declaraciones del tipo que sean o en el ámbito que sean, y para describirlas se utiliza la muletilla “cada vez que habla sube el pan”, y hay otras a las que les sucede todo lo contrario, o sea que cada vez que hablan o interactúan aciertan. En este segundo grupo se encuentra mi paisano Antonio Banderas. No es necesario que enumere las veces que a lo largo de su dilatada carrera ha sacado pecho y alma española en cualquier remoto lugar del planeta donde se encontrase, o sacar a relucir su sangre malagueña tanto dentro como fuera de España. Ese es Antonio, embajador eterno de lo español.

El último de esos gestos fue hace tan solo unas horas cuando durante la entrega de premios Emmy aplaudió de la manera conocida como ”palmas sordas”, utilizadas en el flamenco más puro para acompañar al cantaor o a algún sentido paso de baile. Posiblemente más de alguno de los presentes se preguntó que le sucedía a Antonio en las manos y él lo explicó de la forma mas sencilla: “Lo llevamos en la sangre. Todos en mi familia tocamos las palmas”. Esta frase, que circula en su twitter, está acompañada por un video en el que se le ve con su exmujer, su hija, su actual pareja y un par de amigos. Todos haciendo palmas sordas. Con arte.

Hace unos días tuve la oportunidad de encontrarme con él y darle un abrazo – como buenamente me permitió mi maltrecho hombro aún en recuperación. Venía de supervisar la marcha de las obras de su último proyecto: el nuevo teatro en el Soho malagueño. Otro granito más de su herencia cultural y malagueña.
Gracias Antonio. Eres grande, grande.

Yo por ti aplaudo como sea, con palmas sordas, alegres, repiqueteadas, clásicas o roqueras (si es que existen). Hasta romperme las manos.

J.L. Pinto

 

Un contrato o nada

Lo que estaba claro que iba a suceder ya ha ocurrido: nuestro Presidente del Gobierno, a punto de pasar a «ex», ha anunciado adelanto electoral. Realmente es lo mejor que podía ocurrir. Lo digo entre otras razones por la salud del hombre ,entre los unos, los otros y los propios, estaba cada día mas desmejorado. Y es que no se puede ir contracorriente cuando estás gobernando pendiendo de un hilo. Pactos les llaman unos, chantaje lo llamo yo. Nada que ver, su aspecto digo, con el que nuestra reina luce estos días en su visita a Marruecos: figura, finura y elegancia a raudales. Dicen que ha recuperado de su armario el vestido de pedida que lució hace quince años ¡Qué barbaridad! Es que el tiempo no pasa por ella. Perdón, me reconduzco. Es que la noticia, aparecida en numerosos medios, me ha parecido de gran relevancia, de primer orden…

¿Y ahora qué? Otra vez a oír las promesas electorales, originales unas veces, añejas otras y casposas de nuevo cuño, durante todo el tiempo que dure la campaña de las disputas. Porque en eso es en lo que se ha convertido el patio electoral español, en un campo de batalla con sus heridos y sus cadáveres (políticos, claro). Y al final casi nunca quedan vencedores sino, como en cualquier guerra que se precie, solo supervivientes. El día de la victoria todo el mundo estará exultante, y al día siguiente todo volverá a ser como siempre: promesas que comienzan a quedarse en el camino cuando todavía sobrevuelan los papelillos y confetis lanzados en las celebraciones de la denominada noche más larga. 

Esta vez, cuando vaya a ejercer mi derecho y deber de votar voy a hacerlo a aquel partido que tenga las narices de presentar un modelo contrato en el que se comprometa a cumplir todas las promesas que vayan desgranando en mítines y discursos que suelen hacer casi siempre ante forofos enloquecidos, comprometidos con todo lo que aparezca en sus fantasiosos y a casi siempre engordados programas electorales. 

Y es que uno ya tiene unos años, ha votado muchísimas veces y está harto, pero harto, de  que se le tome el pelo elecciones tras elecciones. Si no hay contrato, no hay voto.  

Busco un nombre

Anoche, después de una larguísima jornada de televisión, de radio, de prensa y de todo aquello que pudiera darme cualquier información al minuto, que digo, al segundo, sobre la evolución del 1 de octubre en Cataluña, me refresqué la cara por enésima vez a lo largo del día y vi me rostro reflejado en el espejo. “Madre, que cara” –pensé- .

No sé por qué, intuyo que esa cara es la que se nos ha quedado a muchísimos españoles, de España, incluida todavía Cataluña, al ver como transcurrían las horas y como se iba representando, escena a escena, el teatrillo que los independentistas, con astucia y total falta de escrúpulos , nos tenían preparado: función gratis para millones de espectadores, en una única y genuina representación independentista, con una duración de más de catorce horas, o más, que eso dependía del nivel de frustración de cada uno.

Que me perdonen nuestros políticos patrios, pero nos están ganando la partida de calle. Por supuesto que jugando con cartas marcadas, que digo, con cartas cuya baraja solo ellos conocen, pero baraja que hemos dejado que la fabriquen ante nuestros ojos.

Ignoro si tenemos algún espacio para la reacción, pero ahora, no ya solo por los catalanes españolistas, si no por todos los españoles, sí necesitamos una reacción inmediata ante el enorme fracaso de nuestra gestión. No había que tener tres masters en política internacional, ni ser politólogo, para darse uno cuenta la estrategia que tenía preparada este grupo de políticos catalanes antisistema, contando además con un factor determinante: el resentido pueblo catalán.

Ellos no tienen la culpa, en absoluto. Han sido llevados hasta ese escenario por unos políticos a los que les hemos ido horadando el camino para concluir en el escabroso y gris día de ayer.

Han sido muchos años de mirar para otro lado. Y para poner la guinda, la foto de cara al exterior – una parte más de todo este teatro de función interminable- ahí estaban nuestras fuerzas del orden, aguantando estoicamente los nervios, hasta que estos, los nervios, se rompieron y comenzaron las- previsibles cargas. Por muy poco aguantan y les fastidiamos el reportaje a los independentistas. ¿O es que alguien dudaba que antes o después, por un motivo o por otro, no íbamos a ver esas escenas? O es que nadie esperaba que por la noche hubiesen algaradas y más cargas policiales? ¿Y las hubo? Nooo. ¿Por qué? Intuyo porque ya no era necesario. Con el material recogido – como si de un reportaje de National Geographic se tratase- era suficiente.

Y en medio de tanto jaleo, ahí estaban los Mossos de escuadra – llamadme tiquismiquis, pero nunca me ha gustado ese nombre – a quienes les recuerdo que su sueldo les pagamos entre todos, jugando a ser  “coleguitas” de sus vecinos llegando incluso a enfrentarse a la guardia civil y la policía nacional con tal de quedar ante sus paisanos como una fuerza de orden mesurada. Todo según el guion establecido.  Esa Guardia Civil  y Policía Nacional, a la que despedíamos en muchísimas ciudades, cuando salían camino de Cataluña, con los canticos de “A por ellos Oe”, como si de una competición se tratase.

Quizás era eso, y debíamos traernos alguna medalla a casa. Pero me temo que no hay medalla. Lo que hay es un desconcierto enorme en todo el país y una sensación de impotencia al ver como un puñado de políticos, apenas conocidos hace un cuarto de hora, van a lograr ponernos a todos de los nervios, si es que ya no lo estamos. Y esta mañana me he vuelto a mirar en el espejo y ahí continúa esa cara que no sé cómo denominarla. 

J.L. Pinto 

 

No es un truco, es un trato

Me van ustedes a perdonar pero a uno le resulta algo paradójico la fiebre Halloween, (Víspera de todos los Santos), que como una epidemia imparable ya se ha instalado, para quedarse para siempre, en nuestro país. Tanta invasión de lo anglosajón ya me empacha, aunque esta fiesta, procedente de Estados Unidos, es realmente de origen europeo. Y ahí, uno pliega velas y saca pecho por lo suyo: vale, si es nuestro – Europa- , -dicen que de tiempos de los celtas-, se admite pulpo como animal de compañía. Que sí, que vale, que me han convencido. Pero mejor me centro que si no me voy por los cerros de la vecina Úbeda. 

Desde luego, si esta celebración ha alcanzado niveles de otras festividades como la de San Juan – o casi –, o de cualquier fiesta local de relevancia, es por la implicación que  desde dentro de la escuela está teniendo  a modo de divertida complicidad. Y es que eso de disfrazarnos siempre nos ha molado a pequeños y mayores. Desde siempre, antes de saber que existiese Halloween. Y si es para dar miedo, o al menos intentarlo, tanto mejor.

Dado que somos muy dados a asumir como propia las celebraciones de otros – bienvenida la apertura de nuevas culturas y costumbres – que digo yo que por qué no tomamos como nuestra la festividad de San Jordi, de nuestra hermana –hermanastra según otros- Cataluña, y adoptamos la sana costumbre, aunque sea un solo día al año, de regalarnos una flor y un libro. Y si no queremos molestar a las bellas y reposadas flores, lo dejamos solo en el libro. La lectura de un libro dura más que lo efímero de Halloween y también nos lleva a otros mundos.  
Prometo convertirme en un defensor a ultranza de Halloween, incluso a disfrazarme, si a cambio comenzamos a ahorrar para comprar el próximo libro.

Lo que propongo no es un truco, es un trato.

 JL Pinto

Scroll hacia arriba